Hace unos meses estaba en una reunión con un estudio contable de Rosario. Éramos cuatro en la sala. A los cinco minutos, el socio más grande me frenó: «Juan, pará. Antes de que me cuentes nada, explicame qué es esto de la inteligencia artificial. Mi sobrino dice una cosa, el diario dice otra, y yo todavía no sé si me sirve o si es humo».
Me pareció la mejor pregunta que me habían hecho en el año. Y me di cuenta de que no tenía una respuesta corta. Tenía una respuesta larga, llena de «depende», que es la que suelen dar los que trabajamos en esto. Este artículo es mi intento de escribir la versión que me hubiera gustado darle ese día. Si nunca usaste una herramienta de IA, o la usaste dos veces y la abandonaste, está escrito para vos.
- Qué es, dicho sin vueltas
- Cómo funciona un asistente de texto (lo justo y necesario)
- Para qué sirve de verdad en una oficina
- Dónde falla, y por qué eso importa más de lo que parece
- Cómo empecé yo, y cómo lo hicieron los clientes a los que les fue bien
- Lo que no negociaría: datos y seguridad
- Las preguntas que me hacen siempre
Qué es, dicho sin vueltas
Un programa de computadora común es una receta. Alguien escribió cada paso y la máquina los sigue al pie de la letra. Si el paso no está escrito, no pasa nada. La inteligencia artificial, o al menos la que hoy nos importa, es distinta: en lugar de seguir una receta, aprendió patrones mirando una cantidad absurda de ejemplos. Millones de textos, imágenes, conversaciones. De tanto mirar, construyó algo parecido a una intuición. No una receta.
Cuando escuchás que una empresa «entrenó un modelo», es eso. Le mostraron ejemplos hasta que el programa pudo producir cosas nuevas que se parecen a lo que vio. Y ese «modelo» es lo que después usás vos cuando abrís un asistente de chat y le pedís que te redacte un correo.
Hay muchas ramas dentro de la IA. La que explotó a partir de 2023 y la que probablemente te interese es la generativa: la que crea texto, imágenes, audio o código a partir de una consigna escrita en castellano común. Los asistentes de conversación que seguramente conocés de nombre entran acá.
Una aclaración que a mí me costó aceptar: estos sistemas no «piensan» como nosotros. Reconocen patrones estadísticos a una escala que ningún ser humano podría. Esa diferencia explica tanto lo impresionante como lo ridículo que a veces resulta.
Cómo funciona un asistente de texto (lo justo y necesario)
No hace falta entender la matemática, pero sí una idea, porque cambia cómo lo usás. Un asistente de texto, en el fondo, predice la siguiente palabra. Vos escribís algo, el sistema calcula cuál es la continuación más probable y coherente, la agrega, y vuelve a calcular. Miles de veces por segundo, hasta armar una respuesta completa.
Fijate lo que eso implica: el asistente no va a buscar la respuesta a una base de datos. La genera. Por eso puede escribir un correo que nunca existió, y por eso mismo, a veces, te afirma con total seguridad algo que es falso. En el ambiente le decimos «alucinación». Yo prefiero llamarlo por su nombre: se lo inventó. Más adelante vuelvo sobre esto porque es, lejos, el punto que más problemas trae.
Para qué sirve de verdad en una oficina
Voy a ser concreto porque las listas genéricas de «beneficios» no le sirven a nadie. Estas son cosas que hago yo, o que vi hacer a equipos con los que trabajé, y que efectivamente ahorran tiempo.
Borradores. El correo incómodo que venís posponiendo desde el lunes. Le cuento al asistente quién es la persona, qué pasó y qué tono quiero, y me devuelve un borrador en diez segundos. Casi nunca lo mando tal cual. Pero pasar de la hoja en blanco a corregir un texto es la diferencia entre postergarlo tres días y sacarlo en cinco minutos.
Resúmenes de cosas que ya tenés. Actas de reunión de dos páginas, un informe de 40 hojas del que te interesan dos secciones, un contrato que querés entender antes de llamar al abogado (para entenderlo, no para decidir). Pegás el texto, pedís un resumen con los puntos importantes, y listo.
Ordenar el caos. Esto es lo que más uso. Notas sueltas después de una reunión, convertidas en una lista de tareas con responsables. Un audio de WhatsApp de cuatro minutos de un cliente, transcripto y convertido en tres puntos concretos.
Explicaciones a medida. «Explicame qué es una API como si tuviera doce años». «¿Qué diferencia hay entre monotributo y responsable inscripto? Respondé en tres oraciones». No siempre acierta en los detalles, pero para orientarte y saber qué preguntarle después a un profesional, funciona.
Si tuviera que resumirlo en una regla: la IA rinde muchísimo como asistente que prepara un primer borrador que vos revisás. Como reemplazo de tu criterio, rinde mal. Y la mayoría de las historias de terror que escuché vienen de gente que la usó como lo segundo.
| Tarea | Cuánto le confío | Qué reviso siempre |
|---|---|---|
| Redactar correos y textos | Mucho | Tono, nombres, que no haya prometido algo que yo no dije |
| Resumir documentos que le pego | Bastante | Que no haya omitido una cláusula o un número importante |
| Corregir ortografía y reformular | Mucho | Poco. Es lo que mejor hace |
| Explicar un concepto | Medio | Cualquier dato concreto: fechas, montos, normativa |
| Traducir | Bastante | Documentos con valor legal van a un traductor de verdad |
| Darme datos que no le di | Poco | Todo. Acá es donde inventa |
Dónde falla, y por qué eso importa más de lo que parece
Hay una escena que se repite. Alguien le pide al asistente un dato, el asistente responde con una seguridad envidiable, la persona lo pone en un informe, y dos semanas después descubre que era falso. La cifra, la fecha, la ley citada. No es que el sistema «mintió» con intención. Es que, como dije arriba, genera texto probable, y un dato inventado que suena bien es texto probable.
Entonces, lo que yo no le pediría nunca sin verificar:
- Datos que no le diste. Cifras, fechas, nombres de leyes, citas. Todo eso se verifica en una fuente confiable, siempre.
- Decisiones que necesitan un profesional matriculado. Lo legal, lo contable, lo médico, lo financiero. Puede ayudarte a entender el tema y a preparar preguntas. La decisión pasa por una persona con responsabilidad profesional.
- Cualquier cosa que involucre información confidencial sin haber leído antes qué hace la herramienta con lo que escribís. Sobre esto hay una sección más abajo.
Y una limitación menos obvia: no conoce tu contexto. No sabe cómo se llama tu empresa, qué vendés, cómo le hablás a tus clientes. Si no se lo contás, va a asumir el promedio de internet. Que casi nunca es lo que necesitás.
Cómo empecé yo, y cómo lo hicieron los clientes a los que les fue bien
Mi primer intento fue malo. Abrí un asistente, le hice tres preguntas de prueba tipo «escribime un poema sobre el mate», me reí, y no lo volví a abrir por dos meses. Eso es lo que le pasa a la mayoría. La herramienta parece un juguete porque la usamos como un juguete.
Lo que cambió fue empezar a usarla en tareas reales, chicas y de bajo riesgo. Lo que sigue es más o menos el recorrido que hoy le propongo a cualquier persona o equipo que arranca. Cuatro semanas, veinte o treinta minutos por día, tres o cuatro días por semana. No hace falta más.
Semana 1: perderle el miedo
Elegí un solo asistente de texto. Uno. No compares, no leas rankings, no instales cinco. Cualquiera de los conocidos tiene versión gratuita y para esta etapa da lo mismo. Pedile que te explique tres conceptos de tu propio trabajo que siempre te costaron, y compará con lo que sabés. Después pegale un texto que hayas escrito vos y pedile que lo acorte, que lo haga más formal, que lo simplifique. Mirá qué cambia y qué no.
Semana 2: escribir con ayuda
Usalo para el primer borrador de los correos rutinarios. Siempre revisando antes de enviar. Y acá aprendé lo único que realmente importa: darle contexto. Quién sos, a quién le escribís, qué tono, qué extensión. La diferencia entre «escribime un correo pidiendo una reunión» y «soy responsable de compras de una pyme de 20 personas, escribile a un proveedor con el que tengo buena relación para reprogramar una reunión del jueves sin sonar desinteresado, máximo cinco líneas» es abismal. Guardá las consignas que te funcionaron. Las vas a reutilizar.
Semana 3: ordenar
Después de cada reunión, pegá tus notas y pedí un resumen con pendientes y responsables. Convertí la lista de tareas caótica del lunes en un plan con prioridades. Y probá algo que a mí me sirvió mucho: antes de una presentación, pedile que te haga preguntas sobre el tema. Encuentra huecos que uno solo no ve.
Semana 4: criterio
Agarrá una respuesta que te haya dado con datos concretos y verificá cada afirmación. Una por una. Vas a entender en carne propia hasta dónde confiar. Después escribí una lista personal: qué sí y qué no voy a hacer con IA en mi trabajo. Si tenés equipo, compartila. Un acuerdo básico de dos párrafos evita problemas después.
Lo que no negociaría: datos y seguridad
Esto lo pongo aparte porque es el punto en el que más se equivocan las empresas, y no por mala intención, sino por no saber.
- Leé las condiciones de uso de la herramienta que elegiste. Concretamente la parte sobre qué hacen con lo que escribís. Algunas usan tus conversaciones para seguir entrenando el sistema, otras no, y muchas te dejan elegir.
- Si trabajás con datos de otras personas (clientes, pacientes, alumnos), en Argentina te aplica la Ley 25.326. No hace falta ser abogado para entender lo básico: los datos que te confiaron no son tuyos para pasárselos a cualquier servicio.
- Revisá antes de mandar. Siempre. La responsabilidad sobre lo que sale con tu firma es tuya, no del programa.
Las preguntas que me hacen siempre
¿Tengo que saber programar?
No. Los asistentes se usan escribiendo en castellano. Programar sirve para automatizaciones más complejas, pero para sacarle valor a esto no es requisito. Conozco contadores, abogados y dueños de comercios que lo usan todos los días sin haber escrito una línea de código.
¿Me va a reemplazar?
No lo sé, y desconfiaría de cualquiera que te lo afirme en cualquier dirección. Lo que sí veo, todos los días, es que las personas que aprenden a usar bien estas herramientas resuelven ciertas tareas más rápido y con menos fricción que las que no. Entender cómo funciona es una ventaja en cualquier escenario.
¿Es gratis?
Las versiones gratuitas de las herramientas populares alcanzan de sobra para empezar y para el uso que describí en este artículo. Los planes pagos dan más capacidad y funciones. Yo no pagaría nada hasta no haber usado la versión gratuita durante un mes en tareas reales.
¿Le puedo creer?
Para redacción, formato, resúmenes de textos que le diste y organización: sí, con revisión. Para datos, cifras, normativa y hechos: tratalo como una fuente que hay que confirmar. Como a un pasante brillante y muy seguro de sí mismo, en su primer día de trabajo.
Si el socio del estudio de Rosario lee esto: gracias por la pregunta. Me hizo escribir el artículo que debería haber existido hace tres años.
Este artículo refleja la experiencia y la opinión del autor y tiene fines informativos y educativos. No constituye asesoramiento profesional. Las herramientas mencionadas de forma genérica pertenecen a sus respectivos titulares; Brújula Tech no tiene vínculo comercial con ellas.